Cambios en los patrones de uso de antipsicóticos en población infantil y adolescente: ¿nos estamos volviendo locos?

García-Sempere A, Hurtado Navarro I, Robles-Cabaniñas C., et al. Prescriber-recorded indications for antipsychotic use in children and adolescents in Spain, 2015-2023: a population-based, real-world study. Eur Child Adolesc Psychiatry. 2025

 

El trabajo de García-Sempere et al., que comentamos presenta una fortaleza poco habitual en los estudios de utilización de medicamentos: el uso de las indicaciones de antipsicóticos registradas por el prescriptor en el sistema de prescripción electrónica, aplicadas a una cohorte poblacional amplia (0–19 años) y entre 2015–2023.

Esta aproximación aporta una capacidad de trazabilidad especialmente útil, ya que permite pasar de una señal genérica de alerta (prescripción de antipsicóticos en menores) a una fase de vigilancia, comparación y priorización de intervenciones (prescripción por motivo declarado).

Más allá de las psicosis: cambio de patrón y aceleración post-2020

El hallazgo central no es únicamente el crecimiento del volumen de tratamientos (44% en el periodo), sino el desplazamiento del patrón de uso hacia indicaciones afectivas y de riesgo (ej., depresión, ansiedad, ideación suicida), con una clara aceleración a partir de 2020 y un marcado gradiente por edad y sexo: en adolescentes, especialmente mujeres, el crecimiento es particularmente intenso, con incrementos muy pronunciados en depresión e ideación/tentativa suicida.

Es este cambio de patrón, más que el aumento del volumen, el que hace inevitable la pregunta que da título al comentario: ¿qué está pasando con la prescripción de antipsicóticos en población infantil y adolescente?

Este cambio tiene tres implicaciones relevantes. Primero, identifica una presión creciente sobre la red de salud mental infanto-juvenil y la atención primaria, que probablemente están absorbiendo un notable incremento de demanda en un contexto de acceso limitado a psicoterapia y dispositivos especializados. Segundo, incrementa el riesgo de tratamientos de beneficio incierto y perfil de seguridad desfavorable, dado que muchas de estas indicaciones están fuera de ficha técnica y con evidencia limitada. Tercero, obliga a reforzar la continuidad asistencial y el seguimiento físico, especialmente en tratamientos que se prolongan más allá de unos meses.

En gestión clínica estos resultados son una señal de alarma y una posibilidad de segmentación: identifican dónde mirar y a quién auditar, pero no sustituye una evaluación de adecuación basada en guías, comorbilidad, alternativas no farmacológicas y resultados en salud.

Contexto internacional y efecto pandemia

Los resultados son coherentes con la literatura internacional, aunque con matices. En Inglaterra (2000–2019), por ejemplo, hay un notable incremento de la prescripción en menores pero se concentra en trastornos del neurodesarrollo y conductuales, mientras que las indicaciones afectivas, aunque presentes, tienen menor peso relativo (1). Esta comparación sugiere que el patrón observado en la Comunidad Valenciana podría estar influido por factores contextuales: impacto de la pandemia, cambios en el registro clínico, presión asistencial o limitada accesibilidad a intervenciones no farmacológicas.

La literatura global muestra un aumento relevante de síntomas depresivos y ansiosos en población joven durante la COVID-19, lo que probablemente explica parte del incremento de demanda y de las decisiones terapéuticas (2).

Impulsar la implementación de herramientas para mejorar efectividad y seguridad

En todo caso, la conclusión implícita es que monitorizar ya no es suficiente. Se necesitan guías específicas, evaluación sistemática de resultados y un debate ético explícito sobre el papel de estos fármacos en el manejo de la salud mental infantil (2-4).

Los resultados obtenidos sugieren la necesidad impulsar la implementación de herramientas estratégicas en la gestión clínica sanitaria para mejorar la seguridad y efectividad del tratamiento en salud mental infantil. Entre otras:

  • Análisis de las distribuciones de las indicaciones registradas y su tendencia, además de evaluar la duración del primer tratamiento y su persistencia.
  • Análisis de la proporción de uso fuera de guías y alto riesgo: depresión, conducta suicida, ansiedad/insomnio y “otros” inespecíficos.
  • Monitorización del uso de combinaciones (polifarmacia) de fármacos psicotrópicos de alto riesgo (antipsicóticos, ISRS, estabilizadores, benzodiacepinas y estimulantes).
  • Monitorización metabólica, con controles de peso, IMC, presión arterial, glucosa, HbA1c y lípidos a los 3 y 12 meses de tratamiento (5).
  • Derivación y continuidad para asegurar que los pacientes que inician tratamiento en atención primaria tengan contacto con salud mental infanto-juvenil en un plazo adecuado cuando la indicación lo exija.
  • Guías de uso prudente para indicaciones no psicóticas y revisión farmacoterapéutica multidisciplinar en tratamientos prolongados (6).
  • Programas de monitorización integrados en la receta electrónica (alertas / hard stops suaves / plantillas de analítica) (7).

En resumen, el aumento y el cambio de patrón en el uso de antipsicóticos en menores refleja un síntoma de tensiones estructurales en la atención a la salud mental infantil. La respuesta no pasa solo por vigilar, sino por dotar al sistema de reglas, apoyos y alternativas que permitan prescribir menos, mejor y durante el tiempo estrictamente necesario.

Referencias

  1. Radojčić MR, et al. Trends in antipsychotic prescribing to children and adolescents in England: cohort study using 2000-19 primary care data. Lancet Psychiatr. 2023; 10(2):119-128.
  2. Racine N, et al. Global Prevalence of Depressive and Anxiety Symptoms in Children and Adolescents During COVID-19: A Meta-analysis. JAMA Pediatr. 2021;175(11):1142-1150.
  3. Olfson M, et al. Treatment of Young People With Antipsychotic Medications in the United States. JAMA Psychiatry. 2015;72(9):867-74.
  4. Menard ML, et al. Incidence of adverse events in antipsychotic-naïve children and adolescents treated with antipsychotic drugs: Results of a multicenter naturalistic study (ETAPE). Eur Neuropsychopharmacol. 2019; 29 (12): 1397-1407.
  5. American Academy of Child and Adolescent Psychiatry. Practice parameter for the use of atypical antipsychotic medications in children and adolescents [internet]. 2011.
  6. National Institute for Health and Care Excellence (NICE). Psychosis and schizophrenia in children and young people: recognition and management. Clinical guideline [Internet]. CG155. 2013.
  7. Vinogradova Y, et al. Guidelines and practice on antipsychotics prescribing and physical health monitoring in children and young people: a cohort study using primary care data. BMJ Ment Health. 2025;28(1):e301287.

 

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