Tesis
La prevención primaria de las guerras no es posible en sentido estricto, pero sí puede sustituirse por políticas de prosperidad compartida y reducción de fracturas sociales globales.
Australia ha sido líder mundial en prevención primaria del melanoma y otros cánceres de piel. El país tiene uno de los índices más altos de incidencia de melanoma del mundo, y sus políticas tratan de evitar la exposición excesiva al sol para reducir la carga de melanoma, porque hasta un 95 % de los casos en Australia son atribuibles al exceso de radiación ultravioleta, y por tanto potencialmente prevenibles.
Conviene asociar la mayor vulnerabilidad ante la radiación ultravioleta con la “Australia Blanca”, política racista de inmigración oficial, entre principios y mediados del siglo XX, que buscaba favorecer inmigrantes de origen europeo (1).
Idealmente, la prevención primaria de los conflictos bélicos, al igual que ocurre con la prevención de otros males públicos globales (calentamiento climático, medio ambiente insalubre, barreras de acceso al conocimiento científico y tecnológico, …) se favorece mucho con la cooperación internacional. Siempre ha sido difícil ‘cooperar con extraños’, incluso limitándolo a una coalición de cumplidores dispuestos a sancionar a los que no se adhieran.
Claramente, el período más largo en la historia de ausencia de conflicto abierto entre grandes potencias ha sido por la ‘destrucción mutua asegurada’. Nada hace pensar que deje de ser así, aunque la versión actual resulta más complicada que la existente durante gran parte de la guerra fría, en la medida que ha crecido hasta nueve el número de potencias nucleares y que el mundo ha dejado de ser unipolar. Tal vez se inaugure, incluso, una etapa de ‘perturbación mutua asegurada’, algo que va más allá de los meros juegos de suma cero en la medida que baste que el deterioro del rival supere al propio.
Para considerar si cabe una prevención primaria de los conflictos bélicos, hay que hacer referencia a la etiología de la guerra y a sus determinantes sociales y valorar qué políticas domésticas pueden ser adecuadas para la prevención primaria de los conflictos bélicos; no tanto pensando en la belicosidad de los individuos sino en las circunstancias sociales y económicas de cada nación.

Por qué existe la guerra: determinantes de las guerras
Albert Einstein escogió a Sigmund Freud, en 1931, para contestar esta pregunta (2). Einstein consideró decepcionante el resultado. Desde entonces, varios libros se han publicado con ese título, el último, muy recomendable, el de Richard Overy, pese al epígrafe, de Kenneth Waltz (1989), que escoge para el capítulo de conclusiones: ‘Las teorías explican lo que los historiadores saben: La guerra es normal’. Entendiendo ‘normal’ como parte integral de la historia humana. Al fin y al cabo, Overy utiliza su oficio de historiador de las guerras para examinar las múltiples explicaciones propuestas, desde las biológicas, psicológicas, antropológicas y ecológicas hasta las sociales y políticas
Los determinantes de las guerras pueden agruparse en cuatro grandes familias:
- Recursos y seguridad: La consecución de recursos (3), la lucha por el poder, el establecimiento de perímetros de seguridad (cambiantes con las ciberguerras y otras modalidades de cómo guerrear, el warfare),
- Identidad y nacionalismo: las creencias y los conflictos religiosos e identitarios (4), y el nacionalismo y revanchismo (5).
- Errores de cálculo político: errores de exageración o subestimación por parte de los líderes (I Guerra Mundial, Corea) (6).
- Complejo militar-industrial y privatización: los intereses de la industria militar, privatización de la seguridad y actores armados no estatales (7).
Está bien asimismo considerar la trampa de Tucídides (8,9) pero no está justificado convertirse en Casandra y presumir que el conflicto entre las dos potencias mundiales actuales, EEUU y China, vaya más allá de la ‘perturbación mutua asegurada’.

Propuesta
No podemos aspirar a erradicar la guerra, pero sí a reducir sistemáticamente las condiciones que la hacen probable y políticamente rentable. Precisamente porque la etiología de la guerra es estructural y persistente, la única prevención primaria plausible es reducir las fracturas materiales y de expectativas vitales a escala global. Cabe pensar positivamente en cómo compartir la prosperidad en un mundo fracturado. Exactamente el título del último libro de Dani Rodrik (10), con cuyo resumen cierro, no sin antes compartir conscientemente el conveniente optimismo, y esperanza, que refleja la nota de alabanza escrita por Daron Acemoglu (11).
Rodrik se centra en hacer compatibles tres grandes objetivos globales: la democracia, amenazada por la erosión de la clase media; la prosperidad (reducción de la pobreza global); y la sostenibilidad climática. Destaca el rechazo al fetichismo manufacturero y la necesidad de aumentar la productividad de los servicios y la calidad de los puestos de trabajo poco calificados. La obra pone el foco en la justicia contributiva -la dignidad del trabajo- por encima de la justicia puramente distributiva. Sociedades con trabajo digno, expectativas vitales y clase media son mucho más difíciles de movilizar hacia la destrucción. No es una garantía de paz, pero probablemente es lo más parecido que una especie como la nuestra puede aspirar a llamar prevención.
Notas y referencias
- Inmigrantes europeos (especialmente británicos tipo ascendientes de Nicole Kidman, con menos melanina en la piel) y limitar la llegada de personas de origen asiático, isleño del Pacífico u otros grupos no europeos, morenos en general. Una visita al Museo de la Inmigración de Adelaida ilustra el recorrido por los filtros de acceso, incluido -creo recordar- el de una estatura superior a los 1,5 metros.
- Why War? Open Letters Between Einstein and Freud. Londres, New Commonwealth; 1934.
- Michael T Klare. Resource Wars: The New Landscape of Global Conflicts. Nueva York: Metropolitan; 2001.
- Amartya Sen. Identity and Violence: The Illusion of Destiny. Nueva York: W.W. Norton & Co; 2006.
- Timothy Snyder. Bloodlands: Europe between Hitler and Stalin. Nueva York: Basic Books; 2010.
- Robert Jervis. Perception and Misperception in International Politics. Princeton University Press; 1976.
- Andrew Feinstein. The Shadow World: Inside the Global Arms Trade. Londres: Hamish Hamilton; 2011.
- John Mearsheimer. The tragedy of great power polítics. Nueva York: Norton; 2001.
- Graham Allison. Destined for War: Can America and China Escape Thucydides’s Trap? Boston y Nueva York: Mariner Books; 2017.
- Dani Rodrik. Shared Prosperity in a Fractured World. A New Economics for the Midle Class, the Global Poor and Our Climate. Princeton y Oxford: Princeton University Press; 2025.
- Daron Acemoglu y Simon Johnson. Poder y progreso: Nuestra lucha milenaria por la tecnología y la prosperidad. Barcelona: Deusto; 2023. Acemoglu, nacido en Estambul como Rodrik, pero de origen armenio a diferencia de la familia sefardí de Rodrik que emigró de España en el s. XV y cuyos abuelos todavía hablaban ladino. No creo sea casual que Acemoglu, en lugar de aludir -como hace Michael Spence en otra nota de alabanza – a su Nobel, se presente como coautor de Power and Progress aunque ambos autores comparten la introducción de tecnologías favorables a los trabajadores: Innovaciones que complementan las habilidades existentes en lugar de sustituirlas, como el uso de IA para aumentar la productividad de los agentes de apoyo al cliente o la ampliación de las funciones de los trabajadores sanitarios con formación (p. ej., enfermeros practicantes). La IA es buena si complementa capacidades humanas y mala si solo sirve para sustituir y concentrar poder.


