Weppner WG, Jeffreys AS, Coffman CJ, et al. Decarbonizing health care: Measuring the carbon footprint impact of a National VA Telehealth Program. NEJM Catal Innov Care Deliv. 2025;6(5):10.1056/CAT.24.0149.
Mejorar la salud individual y mejorar la salud ambiental global.
Las organizaciones sanitarias reconocen cada vez con mayor consideración el impacto ambiental de la atención y los cuidados y buscan reducir su huella de carbono manteniendo la mejora continua de la calidad asistencial. El análisis de un programa de teleasistencia sanitaria para pacientes diabéticos del U.S. Department of Veterans Affairs (V.A.) describe la mejora simultánea en la atención al paciente con la reducción de la huella de carbono (emisión de gases con efecto invernadero) de la institución.
Partiendo de un diseño para pacientes con un control deficiente de su diabetes, se basaron en su estructura asistencial que ya prestaba telemonitorización, gestión de autocontrol y de farmacoterapia con consultas telefónicas, mejorando los resultados de cara a los pacientes (especialmente de poblaciones rurales y vulnerables), tanto en salud, con mejor adherencia terapéutica y satisfacción, como al reducir su dedicación personal en tiempo de viaje (y su estrés ante desplazamientos), sus costes económicos (en combustible) y, también, la emisión de gases de efecto invernadero. Todo ello comparando con la atención presencial.
Entre los resultados, la reducción media de la hemoglobina glicosilada (mantenida durante tres años), las toneladas evitadas de producción de CO2 y la mejora socioeconómica al ahorrar kilómetros (millas en el estudio) de conducción con el gasto de bolsillo en gasolina que evita, así como el tiempo no dedicado a la movilidad (traslados a centros sanitarios que en el estudio “dejan caer”, es un tiempo que se puede dedicar a mejorar su salud, andando o yendo en bicicleta, con un mayor impacto positivo en su salud física y mental).
La sostenibilidad debe ser una acción natural en la atención sanitaria.
El clima para aplicar y mantener iniciativas de reducción del impacto ambiental en una organización sanitaria puede ser desalentador. Apenas financiación y, menos todavía, una incentivación generalizada. Tampoco hay una metodología de fácil aplicación para medirlas.
No basta solo con las declaraciones, la aplicación de sistemas de gestión medioambiental o la mera pertenencia a iniciativas o asociaciones globales para la mejora ambiental (de los sistemas sanitarios). Junto a la acción, se necesitan métricas comparables entre centros y por ello es vital medir (por ej. los sistemas de información geográfica con los que medir la estimación de los desplazamientos evitados no requieren complejidades extraordinarias o, aplicar una ganancia para cada ciudadano-paciente en el tiempo vital ganado en el “no transporte” o la mejora de “su bolsillo” al no gastar en combustible y se añade, en la “amortización” con mantenimiento incluido, de su vehículo de movilidad personal).
En el caso analizado se parte de un programa de mejora del control glucémico no diseñado en su origen para reducir emisiones de CO2, por lo que la mejora ambiental se valora a posteriori como una externalidad positiva.
Por supuesto la teleatención sanitaria no es neutra y requiere de infraestructuras físicas y digitales con adaptación de los procesos clínicos, pero se podría decir que esta base, para el SNS español, ya está disponible (la red de atención primaria, más potente, con historia clínica «electrónica» y, las distancias geográficas son menores que en los EE. UU.) y desde hace tiempo. Velando desde el buen gobierno con una transparencia plena, por la equidad y la accesibilidad y, la eficiente organización del trabajo seguramente no se obtengan esos “ahorros” espectaculares pero el argumento central que muestra el trabajo analizado, permanece: la atención sanitaria tiene implicaciones ambientales, son medibles y deben formar parte de las políticas sanitarias y de su evaluación, cooperando al mismo tiempo con la mejora de la atención social (como muestra, favoreciendo la habitabilidad y la no despoblación de áreas rurales y la equidad en su atención sanitaria más allá de la que disponen las áreas metropolitanas).
La telesalud (ya aplicada en las misiones Apolo hace más de 55 años) presentan una excelente oportunidad para reducir de forma medible las emisiones de carbono, ayudando al medio ambiente al mismo tiempo que brinda beneficios clínicos y sociales inmediatos y una mejor experiencia a los pacientes y a sus allegados.
Si se parte de una estrategia que mejore simultáneamente resultados clínicos y de cuidados con la reducción del impacto ambiental y, las acciones, objetivos y resultados ambientales no se presentan como “una carga diaria”, sino como el resultado natural de una atención eficiente en todos sus aspectos, se demuestra que la descarbonización de las organizaciones sanitarias no requiere sacrificar, ni mucho menos, la calidad y la seguridad asistencial.
En general podemos iniciar su aplicación desde las infraestructuras ya existentes, pues para esta “innovación” (descarbonización) se debe aprovechar las estructuras (tanto en talentos profesionales como físicas y tecnológicas) disponibles, facilitando la expansión y escalabilidad de las medidas de mejora que se tomen y teniendo en cuenta la premisa para la sustitución, cuando no se logren ganancias clínicas adicionales “enfrentando” la consulta presencial con la digital.
Aquí se debe tener en cuenta y en aras del mantenimiento de la equidad en la atención de la ciudadanía, que este tipo de programas abordan las posibles brechas en la accesibilidad desde las áreas rurales, reduciendo las barreras geográficas y socioeconómicas como se ha enunciado.
Tengamos en cuenta que la cooperación (plena) de los talentos de la organización es una premisa vital, pero la planificación y acción desde el nivel macro de gestión (“políticas sanitarias”) es condición necesaria para abordar la naturalidad de la mejora ambiental en cada acción cotidiana de trabajo dentro de los centros sanitarios (y no solo para la diabetes: el enfoque de la metodología para la medición de la huella de carbono debe aplicarse con un enfoque de “cronicidad y complejidad” por cada paciente, abarcando así a otras patologías crónicas y multiplicando el efecto de los “cobeneficios”).
Por supuesto que hay limitaciones para la “teleatención”: el control de la diabetes (y otros procesos crónicos) siempre requerirá seguimientos presenciales (exámenes físicos, planes de cuidados, extracción de muestras, etc.; en el artículo se reporta que sólo un 12% del total de las consultas de «V.A.» son por medios digitales), la misma teleatención debe integrar su coste de carbono (energía consumida, equipos físicos como servidores y dispositivos electrónicos) aunque sea mínimo y, se debe evaluar que este formato “a distancia” no genere consultas presenciales adicionales en lugar de sustituirlas (lo que no mejoraría la huella de carbono). En el caso de la organización donde se desarrolla la investigación (“V.A.” es de titularidad pública y, en el contexto estadounidense serían casi funcionariales), se requieren cambios en políticas de facturación y reembolso que escapan a la gestión clínica.
La conclusión necesaria: la mejor atención para el paciente es simultáneamente, la mejor atención para el planeta.
La atención sanitaria contribuye de forma muy destacada a nuestro impacto ambiental a través de la generación de gases de efecto invernadero, a partir de la misma prestación de atención y cuidados y por el desarrollo y mantenimiento de las instalaciones. Especialmente desde los últimos treinta años tenemos una creciente demanda de las instituciones y organizaciones sanitarias para medir su huella de carbono y aplicar (que se hace) medidas para mitigar sus contribuciones (negativas) actuales y futuras.
Este comentario no trata de ser el eslogan de una campaña ambientalista: lanza, desde la modestia, el objetivo de transformar la sostenibilidad en una acción cotidiana (y no tanto, “obligatoria”) como una ventaja competitiva y social para los sistemas sanitarios siendo su ideal, que sea el resultado intrínseco de la optimización de la atención y de los cuidados clínicos, resolviéndose la tensión entre la alta demanda asistencial y la necesidad urgente de reducir la huella ambiental.
La teleatención (basada en la evidencia) ofrece “cobeneficios” manteniendo una alta calidad en resultados de salud (desde una “medicina de precisión”) disminuyendo la huella de carbono al mismo tiempo. De hecho representa un modelo que puede ser más sostenible que el modelo tradicional de visitas programadas presenciales. Su medición es un desafío pero apoyarse en sistemas de información geográfica en la medición de los traslados (de pacientes, de profesionales, de proveedores) puede proporcionar una mayor y mejor comprensión de los resultados reales obtenidos.
Y “ya que estamos”: la descarbonización debe sistematizar su medición, integrándola como indicadores de impacto ambiental en los cuadros de mando de gestión clínica, transparentando los resultados de estas mediciones para poder contrastar y cotejarse (la meta “NetZero” relacionada con la emisión de CO2 la tenemos ya aquí), su aplicación debe alcanzar las condiciones crónicas y complejas para maximizar el retorno social y ecológico de la teleatención y, desde luego es factible reformular la organización para establecer cómo, cuándo y dónde, con un hasta dónde de la teleasistencia, alineando recursos y su financiación e incluso los incentivos para los talentos ante ella.


