La literatura médica, la Navidad y el Grinch
La literatura biomédica nunca ha tenido una relación especialmente cálida con la Navidad. Más bien ejerce de Grinch, ese personaje creado por el Dr. Seuss en 1957. Y, como el Grinch, no es que odie la Navidad o le falte sensibilidad. Es que cada Navidad y cada Año Nuevo reaparece, puntual, con una larga lista de advertencias, riesgos, excesos y efectos indeseados. Desde la perspectiva de la salud, las fiestas navideñas se parecen poco a un anuncio de turrones. Y bastante a un experimento natural (poco controlado y a veces bastante “ciego”).
Un ejemplo casi anecdótico de este desencuentro es la llamada enfermedad de Christmas que, pese al nombre, no tiene nada que ver con la Navidad. Lo que habitualmente conocemos como hemofilia B recibió el navideño nombre por Stephen Christmas, el primer paciente en el que se describió la entidad en 1952. Christmas, un niño cuando apareció el artículo, vivió lo suficiente para fallecer por infección por VIH en los años noventa, un contagio entonces frecuente entre las personas que recibían concentrados de factores. El engañoso epónimo ilustra hasta qué punto la literatura médica se muestra desalmada con la Navidad. Aunque quizás tiene motivos.
La Navidad como pesadilla para la salud
Cuando la Navidad —la de verdad, sin epónimos— entra en escena como entorno clínico, la cosa empeora bastante. Dejando a un lado las epidemias invernales por virus respiratorios, que a fin de cuentas sólo coinciden con la Navidad en el hemisferio norte, empecemos por el árbol de Navidad. Desde hace décadas se ha asociado a cuadros de rinitis y asma, no tanto por el árbol como por los mohos acumulados durante su almacenamiento.

A ello se suman las dermatitis de contacto por resinas o pesticidas y las reacciones en personas sensibilizadas. Otro icono navideñe, la flor de Pascua tampoco es inocua en personas con alergia al látex, por reactividad cruzada. Además, el árbol puede introducir en casa una pequeña fauna estacional: escarabajos, moscas, ácaros, polillas y arañas, bien descrita en la literatura (más entomológica que médica) con una mezcla de minuciosidad morbosa y buenos consejos de ecología doméstica improvisada.
A esta dimensión ambiental se añade la de los percances navideños (Chrishaps: un “palabro” que combina Christmas y mishaps, percances) que incluyen caídas y traumatismos (especialmente asociados a decoraciones, escaleras y cambios en el mobiliario), intoxicaciones (alcohol, monóxido de carbono, ingestas accidentales). En niños destacan las ingestiones accidentales de adornos pequeños y pilas de botón, y la aspiración de juguetes, fragmentos de adornos y comida. En general, son fallos de seguridad doméstica amplificados por el caos festivo. Aun descritos a partir de series de casos y revisiones narrativas, aportan datos suficientemente consistentes como para reclamar mayor vigilancia y prevención.
Tiempo de excesos y extremos
La Navidad, como todo el mundo sabe, es también tiempo de excesos. El consumo de alcohol aumenta, no sólo por decisión individual, sino porque el entorno mediático y publicitario se encarga de presentarlo como parte necesaria del ritual festivo. Estudios recientes muestran una elevada presencia de alcohol en la publicidad navideña, incluso en anuncios de productos no alcohólicos.
Respecto a la comida, la literatura anglosajona ha sido especialmente cruel (y quizás no sin algo de razón) con el pudding o los postres de su Navidad. Con menos literatura, a nadie se le escapa que la Navidad en España es una prueba de resistencia metabólica. En personas con enfermedades crónicas, este cambio de hábitos no es inocuo. En diabetes tipo 1, por ejemplo, se ha descrito un deterioro significativo del control glucémico durante el periodo navideño, con reducción del tiempo en rango y aumento de las hiperglucemias. También se han descrito un menor control en fiestas en los pacientes tratados con anticoagulantes orales.
El Año Nuevo tiene su propia personalidad clínica. La Nochevieja y los primeros días de enero concentran riesgos específicos en salud mental. Una revisión sistemática reciente indicaba que el riesgo de suicidio no se incrementa en Nochebuena, Navidad o San Valentín, pero aumenta de forma consistente en Año Nuevo.
La literatura cardiovascular ha sido prolija describiendo lo que la revista Circulation llamaba The «Merry Christmas Coronary» and «Happy New Year Heart Attack» phenomenon. Hablamos de un incremento de infartos y mortalidad cardiaca en torno a los días de Navidad y Año nuevo, pero también de visitas y hospitalizaciones por insuficiencia cardiaca y de muertes (por todas las causas) y en los servicios de urgencia hospitalarios (aunque no en los pacientes ingresados). También los ictus parecen crecer en Navidad.
Este fenómeno “navideño” parece producirse también en otros eventos, como los deportivos, en la Navidad del hemisferio sur, y en entornos con religiones no cristianas. Y hasta con los efectos adversos de los medicamentos parecen dispararse en Navidad y Año Nuevo.
Y como si todo esto no bastara, la Navidad se ha convertido también en un escenario privilegiado para la medicalización envuelta en papel de regalo. Símbolos navideños y propósitos de Año Nuevo se utilizan para promover intervenciones farmacológicas, mezclando salud, consumo y autoexigencia bajo una estética festiva. La salud convertida en mercancía emocional navideña.
Feliz año nuevo a nuestros colaboradores y lectores
A estas alturas, a nadie la extrañará que la Navidad nunca haya tenido buena prensa médica. Demasiados riesgos, demasiadas expectativas. Y, sin embargo, sería injusto quedarse sólo en este (muy forzado, todo hay que decirlo) retrato sombrío. La Navidad también es, inevitablemente, un tiempo de pausa y balance. De finales y comienzos. Para Gestión Clínica y Sanitaria (GCS), y tras cinco años de ausencia, la Navidad de 2025 tiene precisamente ese significado: recomenzar.
GCS vuelve. Ha vuelto. Y no lo hace como un ejercicio de nostalgia, sino como un esfuerzo por recuperar un espacio necesario. Un lugar para pensar la sanidad sin prisas. Para discutir de gestión clínica y sanitaria y de políticas de salud. Con mirada crítica pero sin renunciar al rigor o la ironía. Un espacio donde los problemas no se maquillan, pero tampoco se dramatizan. Donde la evidencia convive con su contexto. Donde las “soluciones” sencillas (e inevitablemente equivocadas) no tienen cabida y la complejidad es la regla. No porque nos guste complicar las cosas, sino porque las organizaciones sanitarias son complejas.
Recuperar GCS en la Navidad de 2025 era importante. En un ecosistema saturado de mensajes rápidos y propuestas simples, es apostar por aprender de lo que la investigación nos enseña y por reflexionar sobre su aplicación en nuestro entorno.
Y sí. La Navidad se las trae. Pero también es un buen momento para dar las gracias a quienes colaboran con GCS, a quienes nos leéis y a quienes participáis en esta conversación colectiva sobre cómo gestionamos en el Sistema Nacional de Salud. También para reconocer lo que funciona, agradecer complicidades y mirar al año que empieza con una mezcla (equilibrada) de pesimismo (de la inteligencia) y optimismo (de la voluntad).
Desde GCS os deseamos, en lo que la Navidad permita, un buen final de 2025 y un mejor comienzo de 2026.


