UK National Screening Committee. Screening for prostate cancer: recommendation. London: UK National Screening Committee; 2026.
Una polémica que trasciende el cáncer de próstata
En mayo de 2026, el UK National Screening Committee (UK NSC) volvió a rechazar la implantación de un programa poblacional de cribado del cáncer de próstata mediante antígeno prostático específico (PSA). La recomendación se acompañaba, entre otros documentos, de una revisión de evidencia, un análisis coste-efectividad y un resumen del proceso de deliberación.
La reacción fue inmediata e intensa. Organizaciones de pacientes denunciaron que la decisión condenaba a miles de hombres privados de diagnósticos que les salvarían la vida. Más de un centenar de parlamentarios reclamaron cambios en la política de cribado. El ex primer ministro David Cameron, diagnosticado recientemente de cáncer de próstata, pidió ampliar el acceso a las pruebas de detección precoz y los medios de comunicación se deshicieron en testimonios de supervivientes convencidos de que el PSA les había salvado la vida.

Frente a esta enorme presión, el UK NSC ha mantenido su, aparentemente difícil, posición. Reconoce que el cribado podía evitar algunas muertes por cáncer de próstata, pero sigue concluyendo que la evidencia no permite justificar un programa poblacional.
La polémica, como señala Abbasi, editor del British Medical Journal, trasciende el cáncer de próstata para plantear cómo deben tomarse las decisiones de salud pública cuando la presión social y la evidencia apuntan en direcciones diferentes y se desata una batalla asimétrica desde el punto de vista de la comunicación: de un lado, personajes públicos influyentes e historias individuales extraordinariamente emotivas; de otro, probabilidades, estimaciones de riesgo, daños potenciales y modelos poblacionales.
Un cáncer diferente
El cáncer de próstata es peculiar. El problema no es si el cáncer es frecuente o grave sino que se trata de una enfermedad estrechamente vinculada al envejecimiento y extraordinariamente heterogénea en su evolución. Muchos tumores prostáticos progresan lentamente. Algunos nunca llegarán a producir síntomas clínicamente relevantes y otros evolucionarán tan despacio que el paciente fallecerá antes por otras causas. Muchos hombres mueren con cáncer de próstata y no por cáncer de próstata.
La diferencia puede parecer sutil, pero condiciona la lógica del cribado. Detectar precozmente una enfermedad resulta útil cuando permite evitar sufrimiento, discapacidad o muerte. Sin embargo, cuando una proporción importante de los tumores no habría llegado a causar problemas, la detección precoz deja de ser una estrategia beneficiosa para convertirse en el mecanismo que genera una enfermedad que nunca habría llegado a manifestarse clínicamente. La pregunta pasa de cuántos cánceres se detectan a cuantos de esos cánceres merecía la pena detectar.
El problema del sobrediagnóstico
La principal razón por la que el UK NSC mantiene su recomendación negativa no es que el PSA sea inútil. El PSA detecta cánceres. El problema es que no distingue entre aquellos tumores potencialmente letales y aquellos que nunca llegarían a afectar de forma relevante a la salud del paciente.
Según las estimaciones del informe británico, entre el 40% y el 50% de los cánceres detectados mediante cribado corresponderían a tumores que nunca habrían producido síntomas ni muerte durante la vida del paciente. Y este es uno de los conceptos más difíciles de explicar en salud pública. El cáncer detectado existe. No es un falso positivo ni un error diagnóstico. Lo que ocurre es que ese tumor no habría llegado a ser una amenaza para el paciente.
Sin embargo, una vez establecido el diagnóstico resultará muy difícil actuar como si no existiera. El paciente entrará en un proceso asistencial con nuevas consultas, pruebas de imagen, biopsias, vigilancia clínica y, en muchos casos, tratamientos farmacológicos, quirúrgicos o radioterápicos. El sobrediagnóstico se convierte fácilmente en sobretratamiento y el sobretratamiento en daño.
Cuando prevenir también puede causar daño
La discusión pública sobre los programas de cribado suele centrarse en los beneficios potenciales pero menos en los daños derivados de la propia intervención. Las biopsias prostáticas no están exentas de complicaciones. La cirugía puede ocasionar incontinencia urinaria y disfunción eréctil permanentes. La radioterapia añade problemas urinarios, intestinales y sexuales. Incluso la vigilancia activa puede generar ansiedad persistente y una carga psicológica considerable.
El problema del sobrediagnóstico no es descubrir una enfermedad irrelevante sino transformarla en una experiencia clínica perfectamente real. Y mientras los beneficios del cribado tienen rostro en los medios de comunicación, los daños suelen permanecer invisibles.
Un hombre convencido de que la detección precoz le salvó la vida puede explicar su historia públicamente. Resulta mucho más difícil identificar a quien fue diagnosticado y tratado de un tumor que nunca habría progresado. Nadie sabe que fue tratado de un cáncer que nunca le habría creado problemas. De hecho, los sobrediagnosticados suelen creer que les salvaron la vida.
¿Por qué sigue existiendo tanta presión para implantar el cribado?
La controversia británica muestra hasta qué punto los programas de cribado generan apoyo social. Los pacientes y supervivientes representan una fuerza movilizadora poderosa. Las organizaciones de pacientes reclaman con frecuencia ampliar el acceso a las pruebas diagnósticas. Los medios de comunicación encuentran en cada caso avanzado una historia que parece justificar la detección precoz. Los responsables políticos tienen pocos incentivos para oponerse a una intervención intuitivamente popular. Incluso las celebridades pueden desempeñar un papel notable cuando comparten públicamente su experiencia personal con la enfermedad.
Existe además una dimensión profesional e industrial difícil de ignorar. Los programas de cribado generan actividad asistencial: pruebas analíticas, consultas, resonancias magnéticas, biopsias, tratamientos y seguimiento clínico. Como ocurre con muchas tecnologías sanitarias, las presiones para ampliar su utilización suelen ser más intensas que las presiones para restringirla.
Todo ello contribuye a crear un entorno en el que la pregunta dominante suele ser por qué no se implanta el cribado, en lugar de preguntarse si realmente genera más beneficios que daños. Y esta pregunta resulta de especial interés para España, donde el cribado con PSA está desaconsejado oficialmente, pero el cribado oportunista está ampliamente extendido en la práctica clínica.
Del cribado universal al cribado basado en el riesgo
Una de las aportaciones más interesantes del informe británico es que identifica algún grupo en el que el balance entre beneficios y daños parece más favorable. En particular, los hombres portadores de mutaciones BRCA2 presentan un riesgo significativamente superior de desarrollar tumores agresivos y podrían beneficiarse de estrategias específicas de cribado.
Esta conclusión apunta hacia una tendencia más amplia en medicina preventiva. Durante décadas, los programas de cribado se diseñaron utilizando categorías simples (edad, sexo). Cada vez parece más probable que el futuro pase por estrategias más selectivas, dirigidas a grupos con perfiles de riesgo más diferenciados. No necesariamente más cribado, sino un cribado mejor orientado.
Más allá de la próstata
El interés del informe británico trasciende el cáncer de próstata. Como señala Abbasi, el caso constituye un recordatorio de cuál debería ser la función de los organismos de evaluación independientes que no es promover tecnologías ni responder a la presión social. Su función es determinar si una intervención produce más beneficios que daños y si justifica los recursos que consume.
En ocasiones la respuesta es afirmativa. En otras, como parece ocurrir con el cribado poblacional del cáncer de próstata, la evidencia obliga a mantener una posición incómoda.
La principal enseñanza no es que el PSA carezca de utilidad. Tampoco que el cáncer de próstata sea un problema menor. La lección, más sencilla, es que generar más enfermedad no es el objetivo de los programas de cribado. El éxito de estos programas no se mide por el número de «cánceres» detectados sino por la salud que consigue incrementar.


