Descarbonizar la atención: la economía circular entra en el hospital (y en la puerta tropieza con la realidad)

Or Z. Greening healthcare through circular economy: advancing health and sustainability in policy and practice. Eur J Public Health. 2026;36(Supplement_2):ii8-ii13.

 

La atención sanitaria cura o cuida. Pero también contamina. No es una metáfora. El sector sanitario es responsable de alrededor del 5% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. La paradoja es evidente: el mismo sistema que protege la salud contribuye a deteriorar los determinantes ambientales que la sostienen.

El artículo de Zeynep Or en el European Journal of Public Heallth (la revista de la European Public Health Association [EUPHA] que este año celebrará su XIX Congreso en Bilbao), propone una vía para resolver, al menos en parte, esta contradicción: aplicar los principios de la economía circular (reducir, reutilizar, reciclar y recuperar) al funcionamiento cotidiano de los sistemas sanitarios.

La idea no es nueva, pero en el artículo está bien sistematizada y, sobre todo, bien aterrizada con ejemplos concretos que van desde reducir el consumo energético en hospitales hasta optimizar bandejas quirúrgicas, sustituir dispositivos desechables por reutilizables o mejorar la segregación de residuos. La idea es mostrar que hay margen, y mucho, para reducir el impacto ambiental sin empeorar la calidad asistencial (y, en muchos casos, con ahorro económico).

Hasta aquí, todo bien. El problema empieza cuando intentamos pasar del catálogo de buenas intenciones a la implementación real.

Reducir: donde la sostenibilidad se encuentra con el valor

La primera “R”, reducir, es probablemente la más potente. Y la más incómoda. Porque no se limita a apagar luces o mejorar aislamientos. Implica cuestionar prácticas clínicas. Reducir atención de bajo valor no solo mejora la eficiencia clínica y económica, sino que también reduce la huella de carbono. Menos pruebas innecesarias y menos intervenciones superfluas es menos consumo de recursos.

Esto conecta directamente con la agenda de “no hacer” que llevamos años promoviendo en beneficio de los pacientes. Añadir la dimensión ambiental introduce un argumento adicional para cambiar la práctica clínica. El problema es que seguimos sin resolver lo básico: si no hemos conseguido reducir de forma sostenida el bajo valor por razones clínicas o económicas, no está claro que lo logremos por razones ambientales.

Reutilizar y reciclar: el retorno de lo que ya conocemos

Las intervenciones de reutilización y reciclaje son más intuitivas y, probablemente, más fáciles de aceptar. Sustituir materiales de un solo uso por alternativas reutilizables, mejorar la clasificación de residuos o reciclar plásticos sanitarios son medidas con beneficios claros y relativamente poco controvertidas.

Además, rompen un mito muy extendido: que lo desechable es siempre más seguro. La evidencia sugiere que, con protocolos adecuados, los dispositivos reutilizables pueden ser igual de seguros y mucho más sostenibles. El problema aquí no es tanto técnico como cultural y organizativo. Cambiar prácticas arraigadas requiere tiempo, liderazgo y, sobre todo, sistemas (incluyendo protocolos seguros) que lo faciliten.

Y aquí aparece una idea que es constante en el artículo: muchas soluciones ya existen. No estamos ante un problema de falta de conocimiento, sino de falta de adopción.

Recuperar: desde la innovación al tecno-optimismo

La cuarta “R”, recuperar, incluye desde la generación de energía a partir de residuos hasta la reutilización de materiales en otros sectores. Algunas iniciativas son prometedoras; otras rozan lo anecdótico (reciclar guantes en asfalto, por ejemplo). Sin embargo, incluso estas propuestas ilustran un cambio de mentalidad: dejar de ver los residuos como un problema y empezar a tratarlos como un recurso.

El riesgo aquí es caer en lo que el autor llama “tecno-optimismo”: confiar en soluciones tecnológicas que, aun interesantes, tienen un impacto limitado frente a intervenciones más básicas pero menos atractivas. Reducir, aun menos vistoso, siempre será más efectivo que reciclar.

Las barreras de siempre

El artículo identifica tres grandes obstáculos: baja alfabetización climática, vacíos regulatorios y falta de liderazgo. Ninguno sorprende. De hecho, son los mismos que encontramos en casi cualquier intento de cambio organizativo en sanidad.

La “alfabetización climática” es, en el fondo, un problema de información y cultura profesional. Muchos clínicos desconocen el impacto ambiental de sus decisiones. Y los sistemas de información no ayudan (rara vez sabemos la huella de carbono de una prueba o tratamiento). Pero incluso si la supiéramos, ¿cambiaríamos la práctica? La experiencia con las intervenciones de información sobre costes sugiere que no necesariamente.

Los vacíos regulatorios son más relevantes. La gestión de residuos, el uso de dispositivos reutilizables o los criterios de compra están fuertemente condicionados por normas que, en muchos casos, no están alineadas con la sostenibilidad. Sin cambios regulatorios, muchas iniciativas se quedan en la puerta de los centros sanitarios.

Y luego está el liderazgo. Sin dirección clara (y sin incentivos) la sostenibilidad compite con prioridades más inmediatas como las listas de espera o la presión asistencial). Y suele perder.

El punto ciego

Como en casi todo en sanidad, el elefante en la habitación son los incentivos. El artículo menciona la necesidad de integrar métricas ambientales en la toma de decisiones clínicas y en la contratación, pero no entra en profundidad en cómo hacerlo.

Incorporar la huella de carbono en la compra pública o en la evaluación de tecnologías sanitarias sería un cambio importante. También lo sería vincular parte de la financiación o de los objetivos de los centros a indicadores de sostenibilidad. Esto abre paso a preguntas complejas (¿qué peso dar a lo ambiental frente a lo clínico? ¿cómo evitar efectos perversos? ¿qué métricas usar?) pero sin abordar estos aspectos la sostenibilidad corre el riesgo de permancer en el ámbito de lo voluntario, lo simbólico o lo reputacional.

De la sostenibilidad como “extra” a la sostenibilidad como criterio

La sostenibilidad, señala Or, no es un añadido, sino un criterio más de calidad y valor. Igual que hoy no concebimos la práctica clínica sin considerar la efectividad o el coste, deberíamos incorporar su impacto ambiental. Y esto exige integrar la sostenibilidad en los procesos habituales: guías clínicas, evaluación de tecnologías, contratación, gestión de centros. No como un proyecto complementario, sino como parte del núcleo del sistema.

La economía circular ofrece un marco útil y, en muchos casos, soluciones concretas. Pero el reto no es conceptual, sino operativo. Sabemos muchas cosas sobre qué se podría hacer. Y, también, como tantas veces, la clave no está en la innovación sino en la implementación. Lo pendiente no está la épica verde y en los proyectos piloto, sino en los cambios estructurales y la gestión gris.

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